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Sobre una poesía sin pureza (1935)

junho 25, 2010

Es muy conveniente, en ciertas horas del día o de la noche,
observar profundamente los objetos en descanso: las ruedas
que han recorrido largas polvorientas distancias, suportando
grandes cargas vegetales o minerales, los sacos de las carbo-
nerias, los barriles, las cestas, los mangos y asas de los instru-
mentos de carpintero. De ellos, se desprende el contacto del
hombre y de la tierra como una lección para el torturado
poeta lírico. Las superficies usadas, el gasto que las manos
han infligido a las cosas, la atmósfera a menudo trágica y
siempre patética de estos objetos, infunde una especie de
atracción no despreciable hacia la realidad del mundo.
La confusa impureza de los seres humanos se percibe en
ellos, la agrupación, uso y desuso de los materiales, las huel-
las del pie y de los dedos, la constancia de una atmósfera hu-
mana inundando las cosas desde lo interno y lo externo.
Así sea la poesía que buscamos, gastada como por un
ácido por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y
el humo, oliente a orina y a azucena salpicada por las diver-
sas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley.
Una poesía impura como un traje, como un cuerpo,
con manchas de nutrición, y actitudes vergonzosas, con arru-
gas, observaciones, sueños, vigilia, profecías, declaraciones
de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias polí-
ticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos.
La sagrada ley del madrigal y los decretos del tacto, ol-
fato, gusto, vista, oído, el deseo de justicia, el deseo sexual,
el ruido del océano, sin excluir deliberadamente nada, sin
aceptar deliberadamente nada, la entrada en la profundidad
de las cosas en un acto de arrebatado amor, y el producto
poesía manchado de palomas digitales, con huellas de dientes
y hielo, roído tal vez levemente por el sudor y el uso. Hasta
alcanzar esa dulce superfície del instrumento tocado sin des-
canso, esa suavidad durísima de la madera manejada, del or-
gulloso hierro. La flor, el trigo, el agua, tienen también esa
consistencia especial, ese recurso de un magnífico tacto.
Y no olvidemos nunca la melancolía, el gastado sentimen-
talismo, perfectos frutos impuros de maravillosa calidad ol-
vidada, dejados atrás por el frenético libresco: la luz de la
luna, el cisne en el anochecer, “corazón mío”son sin duda
lo poético elemental e imprescindible. Quien huye del mal
gusto cae en el hielo.

P. Neruda

para thais e flora que amam dalmatas e vira latas

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